Semiótica de la cultura: los modelos de autodescripción
Semiótica de la cultura: los modelos de autodescripción (*)
Antònia Cabanilles
Granada, Mayo 2004
Entretextos 3
El objetivo que preside todos los trabajos de Jurij M. Lotman es realizar un estudio de los fenómenos de la cultura desde una perspectiva semiótica. Las diferentes aproximaciones a este objetivo, sus contradicciones, su insistencia, marcan por un lado la dificultad del proyecto y, por otro, muestran algunos logros tendentes a fundamentar una investigación que, según Sebastià Serrano, pertenecerá al nuevo siglo.
En 1970 Lotman publica dos artículos, «Cultura e información» y «Cultura y lengua», que en la edición de R. Faccani y M. Marzaduri, a sugerencia del autor, aparecen como «Introducción» a su Tipologia della Cultura (1987). En este trabajo encontramos una variación muy importante en la definición inicial de cultura, “conjunto de la información no hereditaria acumulada, conservada y transmitida por las múltiples colectividades de la sociedad humana” (1967:86), un aspecto que es fundamental y que no aparecerá en la definición clásica reelaborada por Lotman y Uspenskij (1971): el problema de los medios de organización y de conservación de esa información. La cultura es “l'insieme di tutta l'informazione non ereditaria e dei mezzi per la sua organizazione e conservazione” (1970a: 28). De ahí que la lucha por la supervivencia, tanto biológica como social, sea una lucha por la información y, evidentemente, añadiríamos, siguiendo esta propuesta, por el control de los medios de información.
No es extraño que Lotman haya fundido estos dos textos convirtiéndolos en una introducción a sus trabajos sobre la tipología de la cultura, ya que definir la cultura como información, supone plantear a continuación su relación con la lengua, con la palabra, categoría fundamental de transmisión y conservación de la información. El texto de Lotman sigue muy de cerca la propuesta de V.N. Voloshinov (1929) de considerar la palabra como el signo ideológico por excelencia, y conecta perfectamente con El orden del discurso de M. Foucault (1970): “l'ambito della cultura è teatro di una battaglia ininterrotta, di continu scontri e conflitti sociali, storici e di classe. I diversi gruppi storici e sociali lottano per il monopolio dell'informazione” (1970b: 28)
Una de las propuestas más interesantes de Lotman es la consideración de la cultura como un conjunto de lenguas, donde “ciascuno dei suoi membri funziona come una sorta di ‘poliglotta’” (1970b:30). Ese plurilingüismo, que es una de las particularidades de la cultura, se basa en la traducción como mecanismo estructural. El ser humano se apropia culturalmente del mundo estudiando la lengua, interpretando el texto y traduciéndolo a una lengua que le es accesible.
En 1971 Lotman había perfilado ya, claramente, su división entre culturas cuyo principio fundamental es la costumbre y culturas cuyo principio regulador es la ley, a las primeras las llamará culturas textualizadas y a las segundas culturas gramaticalizadas. Para establecer esta distinción aplica los métodos de enseñanza de lenguas a su análisis: una cultura puede considerarse ella misma una determinada suma de precedentes de modelos de uso, de textos. Y otra cultura puede considerarse como un conjunto de normas y reglas. Esta distinción le permite mostrar las diferencias que existen entre la cultura y la lengua natural. Mientras que ésta última permanece invariable en su estructura interna tanto si se enseña siguiendo el uso de muchos textos como si se introduce la ayuda de reglas, en el caso de la cultura el mecanismo de introducción del sistema en la conciencia de la colectividad, el mecanismo de enseñanza, no es para esta cultura algo externo: “La correlazione fra la coscienza que percepisce e i1 sistema in essa introdotto può essere immaginata come una collisione fra due testi in lingue diverse, ognuno dei quali mira a transformare a sua immagine e somiglienza quello opposto, a fare la ‘propria traduzione’”» (1971:72)
Esta imagen de colisión, de enfrentamiento, de lucha entre los diferentes textos y las distintas lenguas de una cultura supone una estructura plurilingüe que fomenta lo que Lotman denomina el síndrome de la Torre de Babel. Para corregir esta tendencia la propia cultura genera mecanismos de unidad, entre los que tienen un papel importantísimo los modelos de autodescripción:
“La cultura individua al proprio interno dei testi automodellizante e introduce nella propria memoria una concezione di sè. È appunto in questo stadio che, anzitutto, nace l’unità di una cultura” (1971:72)
La creación de estos automodelos seguiría el siguiente proceso: a partir de una serie de elementos dominantes se construye un sistema unificado que servirá de código para el autoconocimiento y, también, para la autointerpretación de los textos de una determinada cultura. La historia de la cultura se ha ocupado siempre del estudio de los automodelos, sin embargo Lotman señala dos errores metodológicos en su planteamiento: el primero sería situar en una misma serie, como fenómenos de un mismo nivel, los textos de una cultura y su automodelo: el segundo sería considerar que el automodelo representa algo efímero, irreal, una ficción y que, por tanto, se opone a los textos que forman parte de la cultura.
Las relaciones que se establecen entre una cultura y su automodelo suelen ser muy complejas, pudiéndose señalar, en principio, tres tendencias diferentes. En el primer caso, tendríamos la creación de un automodelo que prefigura un acercamiento máximo a la cultura realmente existente. En el segundo caso, tendríamos la creación de automodelos distintos de la práctica de la cultura y calculados para la modificación de dicha práctica. La unidad de la cultura y su automodelo asumen el carácter de una condición ideal. En el tercer caso, los automodelos existen y funcionan de forma totalmente separada de la cultura.
Ese mismo año, 1971, Lotman publica en colaboración con Boris Uspenskij «Sobre el mecanismo semiótica de la cultura», uno de los estudios más emblemáticos de la nueva disciplina. En él se parte de dos presupuestos básicos que ya habían sido señalados: en primer lugar la consideración de la cultura como un área cerrada sobre el fondo de la no cultura y, en segundo lugar, su definición como sistema de modelización secundario, es decir, derivado respecto de las lenguas naturales. Sobre estos dos principios se formula la siguiente definición: “Nosotros entendemos la cultura como memoria no hereditaria de la colectividad, expresada en un sistema determinado de prohibiciones y prescripciones” (1971:71)
Respecto a las primeras formulaciones han aparecido unos cambios importantes: el primero es la sustitución del término información por el de memoria, el segundo es la aparición del modo de conservación y transmisión, su modelización a través de un sistema de prohibiciones y prescripciones que recoge la propuesta freudiana y el tercero, consecuencia quizás de la ausencia señalada en primer lugar, es la desaparición de cualquier referencia a los medios de información. Pero la parte más conflictiva surge cuando se analizan las consecuencias de esa definición. Porque para demostrar que se adquiere conciencia de la cultura post-factum se introduce una reformulación contradictoria con la anterior: la cultura es “grabación en la memoria de cuanto ha sido vivido por la colectividad” (1971:71). Esa acumulación, esa totalidad, es imposible. De ahí que reducir el análisis de la cultura a la cuestión de la longevidad, tanto de textos como de códigos, es dar una visión sesgada del mecanismo de la cultura. Y ello porque no se insiste bastante en que la propia existencia de la información depende tanto de su modelización como de los medios de transmisión de dicha información. Esa visión queda corregida cuando al abordar el problema de la conservación de la información se indique, claramente, que la ordenación estructural permite “hacer del sistema el medio de conservación de la información” (1971:91).
Esa ordenación estructural relaciona principios opuestos, como las parejas unidad/pluralidad y estatismo/dinamismo. Lotman y Uspenskij analizarán la dialéctica entre estos dos principios, insistiendo en la evolución pendular de la cultura, donde las diferentes etapas del proceso pueden ser concebidas como diferentes culturas contrapuestas entre sí (1971:86).
Una evolución que ya había considerado Lotman típica del cambio de una cultura gramaticalizada a una cultura textualizada, y viceversa.
Aunque la heterogeneidad y el dinamismo sean la ley de la cultura, también se observa el fenómeno contrario, que en un momento de su desarrollo una cultura. tienda hacia la unidad y el estatismo. Es el momento de la autoconciencia y de la generación de los modelos de autodescripción: “ésta [la cultura] crea su propio modelo, que define su fisonomía unificada, artificialmente esquematizada, elevada al nivel de unidad estructural, superpuesta a la realidad de esta o aquella cultura, dicha fisonomía ejerce sobre ella una potente acción ordenadora, organizando integralmente su construcción, introduciendo armonía y eliminando contradicciones” (1971:90)
Aunque, como ya había señalado Lotman, no se puedan situar en una misma serie los textos de una cultura y su automodelo, no se puede dejar de analizar el papel tan importante que desempeñan los automodelos en los procesos culturales, su función unificadora. Esa jerarquización de unos determinados elementos dominantes provocará un proceso de simplificación que, siguiendo la ley del péndulo, nos llevará de nuevo a la pluralidad y a una nueva reorganización.
Hasta ahora la pluralidad y el dinamismo siempre han sido calificados de modo muy positivo. Sin embargo Lotman y Uspenskij apuntan, o vislumbran, la cara negativa de un dinamismo imperante en la actualidad, un dinamismo cultural que no responde a las necesidades del ser humano:
“La rapidez de su desarrollo, ciertamente no es dictada siempre por las exigencias reales del hombre: lo que entra en juego es la lógica interna del cambio acelerado de los mecanismos informativos operantes. Por añadidura, en toda una serie de sectores (informática, arte, comunicación de masas) se dan fenómenos de crisis que llevan a veces a sectores enteros, ya conquistados por la cultura, al límite de la caída fuera del sistema de la memoria social” (1971:91).
El peligro de esa continua ‘autoampliación del logos’, propiedad básica de la cultura, es que, según Lotman y Uspenskij, de ella se deriva actualmente un mecanismo “que con su complejidad y su ritmo de crecimiento puede sofocar ese mismo logos” (1971:92). Por primera vez la autoampliación del logos presenta una cara negativa.
Profundizando en el análisis del dinamismo y de la pluralidad como bases de la cultura, Lotman publica en 1974 «Un modelo dinámico del sistema semiótico». Este estudio sigue, según él mismo indica, las consideraciones e ideas de J. Tynjanov, del Círculo Lingüístico de Praga y de M. Bajtín. De este modo recoge el legado de estos autores y traza su propia genealogía, inscribiéndose en el proyecto saussureano de estudiar la cultura desde un punto de vista semiótico. En este trabajo se señalan las antinomias que caracterizan el sistema semiótico: sistémico/extrasistémico, unívoco/ambivalente, núcleo/periferia, descrito/no descrito e indispensable/superfluo. En la primera antinomia destacará la función que desempeñan los modelos de autodescripción. Después de notar, como ya había hecho en otros trabajos, que la descripción implica un mayor grado de organización del sistema y que toda cultura en un momento de su existencia histórica crea su ‘gramática personal’ añade, ahora, que la función principal de los automodelos es sacar del sistema una serie de elementos: “El efecto esencial de tal proceso de auto-organización y de ordenamiento complementario es llevar fuera del sistema elementos que, en cierta forma, dejan de existir a través del prisma de la autodescripción en cuestión” (1974:98).
El fenómeno descrito tendría mucha relación con el problema del canon literario, de hecho Lotman dice que así es como se elaboraban en la época del clasicismo innumerables obras de arte que no son más que descripciones del sistema de las obras de arte. Por lo que respecta a la semiosis social, aunque los modelos de autodescripción comporten una unidad y, por tanto, un empobrecimiento, una mayor rigidez, que aleja el metasistema de los sistemas que pretende describir, aún así disfruta del privilegio de lo ‘correcto’ y de su ‘existencia real’, mientras elementos de la semiosis social son considerados ‘incorrectos’ o son expulsados del sistema y declarados ‘inexistentes’. Esta unificación secundaria de la semiosis social potencia la creación de un nuevo período más dinámico caracterizado, precisamente, por la ausencia de descripciones. Cuando esta situación rompa cierto equilibrio estructural se tenderá, nuevamente, a la unificación. Este movimiento oscilatorio constituye uno de los principales mecanismos de evolución semiótica. La aparición de unas nuevas condiciones culturales y de un nuevo sistema de autodescripciones reorganiza sus estados precedentes y ofrece una nueva concepción de la historia.
Esto produce, según Lotman, dos tipos de efectos: el descubrimiento de unos antecedentes considerados en otro momento como ‘incorrectos’ o ‘inexistentes’ y la acusación a los historiadores del período anterior por no haber descubierto, ‘visto’, estos precursores. La relación con la literatura, y, muy especialmente, con la ‘lengua poética’, es fácil de establecer porque todas las antinomias enumeradas que caracterizan los mecanismo semióticos culturales actúan también en la ‘lengua poética’ (1974:108).
En 1977 Lotman publica «La cultura come intelletto collettivo e i problemi dell'intelligenza artificiale», un estudio que representa una evolución y una redefinición de la Semiótica de la Cultura. Del propósito inicial de construir la langue de una cultura (1967) hemos pasado a la exigencia de explicar la necesidad funcional del plurilingüismo cultural (1977:33), pero, sobre todo, se ha llegado al problema de la intraducibilidad: “L'autodefinizione della semiotica della cultura è legata ai problemi riguardanti il reciproco condizionamento funzionale nella vita dei vari sistemi semiotici, la natura della loro asimmetria strutturale, la loro reciprocaintraductibilità” (1977:34).
Analizada la cultura como un mecanismo plurilingüe, Lotman considera que la comunicación semiótica ha supuesto un factor muy importante para la estabilidad y la supervivencia de la humanidad como conjunto. Para avalar su propuesta nos remite a una ley inmutable en los sistemas más complejos de tipo cibernético: la estabilidad del conjunto crece al aumentar la variedad interna del sistema. La búsqueda de un comportamiento adecuado para suplir la falta de información determina la tendencia a llenar las lagunas con la variedad. En la cultura la insuficiencia informativa se compensa con la ‘estereoscopicidad’, con la posibilidad de obtener una proyección totalmente diversa de un mismo texto, su traducción a una lengua diferente. Este fenómeno, que Lotman denomina ‘estereoscopicidad’ cultural, no está ligado únicamente al plurilingüismo, sino que cualquier acto de comprensión, cuando se usa un sistema semiótico desarrollado, es parcial y aproximativo. Desde esta perspectiva el acto de comunicación no puede nunca considerarse como la simple transmisión de un mensaje del emisor al destinatario sino “come traduzione di un testo dalla lingua del mio ‘io’ alla lingua del tuo ‘tu’” (1977:38). En esta traducción hay siempre una parte del mensaje que se pierde, la parte más importante, ya que: “quello che si perde è proprio ciò che carraterizza il mittente, ciò quello che dal punto di vista dell'insieme costituisce l'elemento più importante del messaggio” (1977:38)
Analizada la cultura como mecanismo plurilingüe y planteado el problema de la intraducibilidad, ahora se abordará el peligro que conlleva esta propensión al aumento de la variedad semiótica en el interior del organismo de la cultura, un peligro que Lotman llama la amenaza de la ‘Torre de Babel’. Para evitar esta amenaza cada cultura tiene una serie de mecanismos que funcionan en dirección opuesta, creando las bases para una organización unitaria que elimine la variedad de las partes en nombre de la regularización del conjunto (1977:39). Esta tendencia encuentra su mecanismo más efectivo en la articulación de sistemas metalingüísticos y metatextuales, sin los que no es posible la existencia de ninguna cultura.
Como ya habíamos indicado, cuando una cultura adquiere una madurez -momento que para Lotman coincide con el instante en que uno de los mecanismos particulares alcanza un punto crítico- aparece la necesidad de la autodescripción, de la creación de su propio modelo de cultura. El hecho mismo de describirlo transforma al objeto dotándolo de una mayor organización. En definitiva, se trata de la elaboración de un metalenguaje de la cultura. En esta estructuración secundaria de la cultura se construye su propio autorretrato. En esta nueva organización, mucho más rígida, algunos aspectos son declarados no estructurales, es decir, ‘inexistentes’. Una gran cantidad de textos ‘incorrectos’ son eliminados de la memoria de la cultura. Los textos que permanecen son canonizados y sujetos a una estructura jerárquica muy rígida (1977:40). El empobrecimiento que conlleva la autodescripción es más fuerte cuando los textos excluidos son eliminados físicamente.
Cuando los textos son declarados ‘apócrifos’ o ‘inexistentes’ y se les relega a la periferia, el empobrecimiento es menor, porque siguiendo con la teoría de la oscilación, o la ley del péndulo, lo que era apócrifo en otra etapa visto desde un nuevo orden, desde un nuevo automodelo, puede ser descubierto y transformarse en dinámico (1977:40).
El ‘metamecanismo’ no sólo nos ofrece un determinado canon del estado sincrónico de la cultura, sino que nos da su propia versión del proceso diacrónico, eliminando en el metanivel no sólo la variedad, sino también las diferentes velocidades de los subsistemas que componen una determinada cultura. Esta capacidad de inventar la memoria retrospectivamente evidenciaría un mecanismo de construcción totalmente diferente al de la inteligencia artificial: la memoria se convierte así, gracias a los metamodelos, a la autodescripción de la experiencia pasada, en un mecanismo de modelización activo.
Para Lotman la aparente imposibilidad de traducir de una lengua a otra ha tenido un resultado muy positivo. Si tenemos en cuenta que cuando la relación entre dos lenguas resulta efectivamente imposible, se produce una disolución de la personalidad cultural en un determinado nivel, que semióticamente, y algunas veces también físicamente, deja de existir.
Para evitar este peligro los mecanismos de integración funcionan siempre en toda traducción. Estos mecanismos son de dos tipos. En primer lugar estaría el metalenguaje. Cuando se describen dos lenguas diferentes como si fuese una sola, se obliga a considerar todo el sistema, desde un punto de vista subjetivo, como una unidad. La metadescripción supone siempre una unidad (1978:53). Y en segundo lugar se puede producir una criollización de las dos lenguas.
El aumento de la especificidad semiótica, que se advierte como una tendencia en la historia de la cultura, es un estímulo para la integración de cada una de las lenguas en una sola cultura. En ese proceso los metalenguajes y los automodelos desempeñarán una función primordial, destinada tanto a la superación de la intraducibilidad, como a la unificación de la cultura.
Estudiar desde la ‘periferia’, desde la ‘inexistencia’ o desde la ‘incorrección’, esos automodelos de descripción cultural y situarlos funcionando en paralelo, pero en distinto nivel, a los textos de una cultura, puede ayudarnos a explicar la historia de la cultura sub especie semioticae. Este es uno de los logros de J.M. Lotman tendente a fundamentar esa tarea investigadora que emplazaba para el futuro en unos de sus textos iniciales y que según S. Serrano pertenecerá al nuevo siglo. Un nuevo siglo que ya está aquí.
Referencias bibliográficas
Lotman, J.M. (1967). «El problema de una tipología de la cultura». En VVAA (1972).
------ (1970a). «Cultura e informazione». En J. Lotman (1987).
------ (1970b). «Cultura e lingua». En J. Lotman (1987).
------ (1971). «La cultura e il suo ‘insegnamento’ come caratteristica tipologica». En J. Lotman (1987).
------ (1974). «Un modelo dinámico del sistema semiótico». En J. Lotman y Escuela de Tartu (1979).
------ (1977). «La cultura come intelletto collettivo e i problemi dell'intelligenza artificiale». En J. Lotman (1980).
------ (1978). «Il fenomeno della cultura». En J. Lotman (1980).
------ (1980) .Testo e contesto. Semiótica dell’arte e della cultura. Bari: Laterza.
------ (1987). Tipologia della cultura (ed. R. Faccani e M. Marzaduri). Milano: Bompiani.
Lotman, J. M. y Uspenskij, B. (1971). «Sobre el mecanismo semiótico de la cultura». En Lotman, J.M. y Escuela de Tartu (1979).
------ (1975). Semiótica e Cultura. Milano: Ricciardi Ed.
Lotman, J.M. y Escuela de Tartu (1979). Semiótica de la Cultura. Madrid: Cátedra.
VV. AA. (1972). Los sistemas de signos. Teoría y práctica del estructuralismo soviético. Madrid: A. Corazón.
Antònia Cabanilles
Granada, Mayo 2004
Entretextos 3
El objetivo que preside todos los trabajos de Jurij M. Lotman es realizar un estudio de los fenómenos de la cultura desde una perspectiva semiótica. Las diferentes aproximaciones a este objetivo, sus contradicciones, su insistencia, marcan por un lado la dificultad del proyecto y, por otro, muestran algunos logros tendentes a fundamentar una investigación que, según Sebastià Serrano, pertenecerá al nuevo siglo.
En 1970 Lotman publica dos artículos, «Cultura e información» y «Cultura y lengua», que en la edición de R. Faccani y M. Marzaduri, a sugerencia del autor, aparecen como «Introducción» a su Tipologia della Cultura (1987). En este trabajo encontramos una variación muy importante en la definición inicial de cultura, “conjunto de la información no hereditaria acumulada, conservada y transmitida por las múltiples colectividades de la sociedad humana” (1967:86), un aspecto que es fundamental y que no aparecerá en la definición clásica reelaborada por Lotman y Uspenskij (1971): el problema de los medios de organización y de conservación de esa información. La cultura es “l'insieme di tutta l'informazione non ereditaria e dei mezzi per la sua organizazione e conservazione” (1970a: 28). De ahí que la lucha por la supervivencia, tanto biológica como social, sea una lucha por la información y, evidentemente, añadiríamos, siguiendo esta propuesta, por el control de los medios de información.
No es extraño que Lotman haya fundido estos dos textos convirtiéndolos en una introducción a sus trabajos sobre la tipología de la cultura, ya que definir la cultura como información, supone plantear a continuación su relación con la lengua, con la palabra, categoría fundamental de transmisión y conservación de la información. El texto de Lotman sigue muy de cerca la propuesta de V.N. Voloshinov (1929) de considerar la palabra como el signo ideológico por excelencia, y conecta perfectamente con El orden del discurso de M. Foucault (1970): “l'ambito della cultura è teatro di una battaglia ininterrotta, di continu scontri e conflitti sociali, storici e di classe. I diversi gruppi storici e sociali lottano per il monopolio dell'informazione” (1970b: 28)
Una de las propuestas más interesantes de Lotman es la consideración de la cultura como un conjunto de lenguas, donde “ciascuno dei suoi membri funziona come una sorta di ‘poliglotta’” (1970b:30). Ese plurilingüismo, que es una de las particularidades de la cultura, se basa en la traducción como mecanismo estructural. El ser humano se apropia culturalmente del mundo estudiando la lengua, interpretando el texto y traduciéndolo a una lengua que le es accesible.
En 1971 Lotman había perfilado ya, claramente, su división entre culturas cuyo principio fundamental es la costumbre y culturas cuyo principio regulador es la ley, a las primeras las llamará culturas textualizadas y a las segundas culturas gramaticalizadas. Para establecer esta distinción aplica los métodos de enseñanza de lenguas a su análisis: una cultura puede considerarse ella misma una determinada suma de precedentes de modelos de uso, de textos. Y otra cultura puede considerarse como un conjunto de normas y reglas. Esta distinción le permite mostrar las diferencias que existen entre la cultura y la lengua natural. Mientras que ésta última permanece invariable en su estructura interna tanto si se enseña siguiendo el uso de muchos textos como si se introduce la ayuda de reglas, en el caso de la cultura el mecanismo de introducción del sistema en la conciencia de la colectividad, el mecanismo de enseñanza, no es para esta cultura algo externo: “La correlazione fra la coscienza que percepisce e i1 sistema in essa introdotto può essere immaginata come una collisione fra due testi in lingue diverse, ognuno dei quali mira a transformare a sua immagine e somiglienza quello opposto, a fare la ‘propria traduzione’”» (1971:72)
Esta imagen de colisión, de enfrentamiento, de lucha entre los diferentes textos y las distintas lenguas de una cultura supone una estructura plurilingüe que fomenta lo que Lotman denomina el síndrome de la Torre de Babel. Para corregir esta tendencia la propia cultura genera mecanismos de unidad, entre los que tienen un papel importantísimo los modelos de autodescripción:
“La cultura individua al proprio interno dei testi automodellizante e introduce nella propria memoria una concezione di sè. È appunto in questo stadio che, anzitutto, nace l’unità di una cultura” (1971:72)
La creación de estos automodelos seguiría el siguiente proceso: a partir de una serie de elementos dominantes se construye un sistema unificado que servirá de código para el autoconocimiento y, también, para la autointerpretación de los textos de una determinada cultura. La historia de la cultura se ha ocupado siempre del estudio de los automodelos, sin embargo Lotman señala dos errores metodológicos en su planteamiento: el primero sería situar en una misma serie, como fenómenos de un mismo nivel, los textos de una cultura y su automodelo: el segundo sería considerar que el automodelo representa algo efímero, irreal, una ficción y que, por tanto, se opone a los textos que forman parte de la cultura.
Las relaciones que se establecen entre una cultura y su automodelo suelen ser muy complejas, pudiéndose señalar, en principio, tres tendencias diferentes. En el primer caso, tendríamos la creación de un automodelo que prefigura un acercamiento máximo a la cultura realmente existente. En el segundo caso, tendríamos la creación de automodelos distintos de la práctica de la cultura y calculados para la modificación de dicha práctica. La unidad de la cultura y su automodelo asumen el carácter de una condición ideal. En el tercer caso, los automodelos existen y funcionan de forma totalmente separada de la cultura.
Ese mismo año, 1971, Lotman publica en colaboración con Boris Uspenskij «Sobre el mecanismo semiótica de la cultura», uno de los estudios más emblemáticos de la nueva disciplina. En él se parte de dos presupuestos básicos que ya habían sido señalados: en primer lugar la consideración de la cultura como un área cerrada sobre el fondo de la no cultura y, en segundo lugar, su definición como sistema de modelización secundario, es decir, derivado respecto de las lenguas naturales. Sobre estos dos principios se formula la siguiente definición: “Nosotros entendemos la cultura como memoria no hereditaria de la colectividad, expresada en un sistema determinado de prohibiciones y prescripciones” (1971:71)
Respecto a las primeras formulaciones han aparecido unos cambios importantes: el primero es la sustitución del término información por el de memoria, el segundo es la aparición del modo de conservación y transmisión, su modelización a través de un sistema de prohibiciones y prescripciones que recoge la propuesta freudiana y el tercero, consecuencia quizás de la ausencia señalada en primer lugar, es la desaparición de cualquier referencia a los medios de información. Pero la parte más conflictiva surge cuando se analizan las consecuencias de esa definición. Porque para demostrar que se adquiere conciencia de la cultura post-factum se introduce una reformulación contradictoria con la anterior: la cultura es “grabación en la memoria de cuanto ha sido vivido por la colectividad” (1971:71). Esa acumulación, esa totalidad, es imposible. De ahí que reducir el análisis de la cultura a la cuestión de la longevidad, tanto de textos como de códigos, es dar una visión sesgada del mecanismo de la cultura. Y ello porque no se insiste bastante en que la propia existencia de la información depende tanto de su modelización como de los medios de transmisión de dicha información. Esa visión queda corregida cuando al abordar el problema de la conservación de la información se indique, claramente, que la ordenación estructural permite “hacer del sistema el medio de conservación de la información” (1971:91).
Esa ordenación estructural relaciona principios opuestos, como las parejas unidad/pluralidad y estatismo/dinamismo. Lotman y Uspenskij analizarán la dialéctica entre estos dos principios, insistiendo en la evolución pendular de la cultura, donde las diferentes etapas del proceso pueden ser concebidas como diferentes culturas contrapuestas entre sí (1971:86).
Una evolución que ya había considerado Lotman típica del cambio de una cultura gramaticalizada a una cultura textualizada, y viceversa.
Aunque la heterogeneidad y el dinamismo sean la ley de la cultura, también se observa el fenómeno contrario, que en un momento de su desarrollo una cultura. tienda hacia la unidad y el estatismo. Es el momento de la autoconciencia y de la generación de los modelos de autodescripción: “ésta [la cultura] crea su propio modelo, que define su fisonomía unificada, artificialmente esquematizada, elevada al nivel de unidad estructural, superpuesta a la realidad de esta o aquella cultura, dicha fisonomía ejerce sobre ella una potente acción ordenadora, organizando integralmente su construcción, introduciendo armonía y eliminando contradicciones” (1971:90)
Aunque, como ya había señalado Lotman, no se puedan situar en una misma serie los textos de una cultura y su automodelo, no se puede dejar de analizar el papel tan importante que desempeñan los automodelos en los procesos culturales, su función unificadora. Esa jerarquización de unos determinados elementos dominantes provocará un proceso de simplificación que, siguiendo la ley del péndulo, nos llevará de nuevo a la pluralidad y a una nueva reorganización.
Hasta ahora la pluralidad y el dinamismo siempre han sido calificados de modo muy positivo. Sin embargo Lotman y Uspenskij apuntan, o vislumbran, la cara negativa de un dinamismo imperante en la actualidad, un dinamismo cultural que no responde a las necesidades del ser humano:
“La rapidez de su desarrollo, ciertamente no es dictada siempre por las exigencias reales del hombre: lo que entra en juego es la lógica interna del cambio acelerado de los mecanismos informativos operantes. Por añadidura, en toda una serie de sectores (informática, arte, comunicación de masas) se dan fenómenos de crisis que llevan a veces a sectores enteros, ya conquistados por la cultura, al límite de la caída fuera del sistema de la memoria social” (1971:91).
El peligro de esa continua ‘autoampliación del logos’, propiedad básica de la cultura, es que, según Lotman y Uspenskij, de ella se deriva actualmente un mecanismo “que con su complejidad y su ritmo de crecimiento puede sofocar ese mismo logos” (1971:92). Por primera vez la autoampliación del logos presenta una cara negativa.
Profundizando en el análisis del dinamismo y de la pluralidad como bases de la cultura, Lotman publica en 1974 «Un modelo dinámico del sistema semiótico». Este estudio sigue, según él mismo indica, las consideraciones e ideas de J. Tynjanov, del Círculo Lingüístico de Praga y de M. Bajtín. De este modo recoge el legado de estos autores y traza su propia genealogía, inscribiéndose en el proyecto saussureano de estudiar la cultura desde un punto de vista semiótico. En este trabajo se señalan las antinomias que caracterizan el sistema semiótico: sistémico/extrasistémico, unívoco/ambivalente, núcleo/periferia, descrito/no descrito e indispensable/superfluo. En la primera antinomia destacará la función que desempeñan los modelos de autodescripción. Después de notar, como ya había hecho en otros trabajos, que la descripción implica un mayor grado de organización del sistema y que toda cultura en un momento de su existencia histórica crea su ‘gramática personal’ añade, ahora, que la función principal de los automodelos es sacar del sistema una serie de elementos: “El efecto esencial de tal proceso de auto-organización y de ordenamiento complementario es llevar fuera del sistema elementos que, en cierta forma, dejan de existir a través del prisma de la autodescripción en cuestión” (1974:98).
El fenómeno descrito tendría mucha relación con el problema del canon literario, de hecho Lotman dice que así es como se elaboraban en la época del clasicismo innumerables obras de arte que no son más que descripciones del sistema de las obras de arte. Por lo que respecta a la semiosis social, aunque los modelos de autodescripción comporten una unidad y, por tanto, un empobrecimiento, una mayor rigidez, que aleja el metasistema de los sistemas que pretende describir, aún así disfruta del privilegio de lo ‘correcto’ y de su ‘existencia real’, mientras elementos de la semiosis social son considerados ‘incorrectos’ o son expulsados del sistema y declarados ‘inexistentes’. Esta unificación secundaria de la semiosis social potencia la creación de un nuevo período más dinámico caracterizado, precisamente, por la ausencia de descripciones. Cuando esta situación rompa cierto equilibrio estructural se tenderá, nuevamente, a la unificación. Este movimiento oscilatorio constituye uno de los principales mecanismos de evolución semiótica. La aparición de unas nuevas condiciones culturales y de un nuevo sistema de autodescripciones reorganiza sus estados precedentes y ofrece una nueva concepción de la historia.
Esto produce, según Lotman, dos tipos de efectos: el descubrimiento de unos antecedentes considerados en otro momento como ‘incorrectos’ o ‘inexistentes’ y la acusación a los historiadores del período anterior por no haber descubierto, ‘visto’, estos precursores. La relación con la literatura, y, muy especialmente, con la ‘lengua poética’, es fácil de establecer porque todas las antinomias enumeradas que caracterizan los mecanismo semióticos culturales actúan también en la ‘lengua poética’ (1974:108).
En 1977 Lotman publica «La cultura come intelletto collettivo e i problemi dell'intelligenza artificiale», un estudio que representa una evolución y una redefinición de la Semiótica de la Cultura. Del propósito inicial de construir la langue de una cultura (1967) hemos pasado a la exigencia de explicar la necesidad funcional del plurilingüismo cultural (1977:33), pero, sobre todo, se ha llegado al problema de la intraducibilidad: “L'autodefinizione della semiotica della cultura è legata ai problemi riguardanti il reciproco condizionamento funzionale nella vita dei vari sistemi semiotici, la natura della loro asimmetria strutturale, la loro reciprocaintraductibilità” (1977:34).
Analizada la cultura como un mecanismo plurilingüe, Lotman considera que la comunicación semiótica ha supuesto un factor muy importante para la estabilidad y la supervivencia de la humanidad como conjunto. Para avalar su propuesta nos remite a una ley inmutable en los sistemas más complejos de tipo cibernético: la estabilidad del conjunto crece al aumentar la variedad interna del sistema. La búsqueda de un comportamiento adecuado para suplir la falta de información determina la tendencia a llenar las lagunas con la variedad. En la cultura la insuficiencia informativa se compensa con la ‘estereoscopicidad’, con la posibilidad de obtener una proyección totalmente diversa de un mismo texto, su traducción a una lengua diferente. Este fenómeno, que Lotman denomina ‘estereoscopicidad’ cultural, no está ligado únicamente al plurilingüismo, sino que cualquier acto de comprensión, cuando se usa un sistema semiótico desarrollado, es parcial y aproximativo. Desde esta perspectiva el acto de comunicación no puede nunca considerarse como la simple transmisión de un mensaje del emisor al destinatario sino “come traduzione di un testo dalla lingua del mio ‘io’ alla lingua del tuo ‘tu’” (1977:38). En esta traducción hay siempre una parte del mensaje que se pierde, la parte más importante, ya que: “quello che si perde è proprio ciò che carraterizza il mittente, ciò quello che dal punto di vista dell'insieme costituisce l'elemento più importante del messaggio” (1977:38)
Analizada la cultura como mecanismo plurilingüe y planteado el problema de la intraducibilidad, ahora se abordará el peligro que conlleva esta propensión al aumento de la variedad semiótica en el interior del organismo de la cultura, un peligro que Lotman llama la amenaza de la ‘Torre de Babel’. Para evitar esta amenaza cada cultura tiene una serie de mecanismos que funcionan en dirección opuesta, creando las bases para una organización unitaria que elimine la variedad de las partes en nombre de la regularización del conjunto (1977:39). Esta tendencia encuentra su mecanismo más efectivo en la articulación de sistemas metalingüísticos y metatextuales, sin los que no es posible la existencia de ninguna cultura.
Como ya habíamos indicado, cuando una cultura adquiere una madurez -momento que para Lotman coincide con el instante en que uno de los mecanismos particulares alcanza un punto crítico- aparece la necesidad de la autodescripción, de la creación de su propio modelo de cultura. El hecho mismo de describirlo transforma al objeto dotándolo de una mayor organización. En definitiva, se trata de la elaboración de un metalenguaje de la cultura. En esta estructuración secundaria de la cultura se construye su propio autorretrato. En esta nueva organización, mucho más rígida, algunos aspectos son declarados no estructurales, es decir, ‘inexistentes’. Una gran cantidad de textos ‘incorrectos’ son eliminados de la memoria de la cultura. Los textos que permanecen son canonizados y sujetos a una estructura jerárquica muy rígida (1977:40). El empobrecimiento que conlleva la autodescripción es más fuerte cuando los textos excluidos son eliminados físicamente.
Cuando los textos son declarados ‘apócrifos’ o ‘inexistentes’ y se les relega a la periferia, el empobrecimiento es menor, porque siguiendo con la teoría de la oscilación, o la ley del péndulo, lo que era apócrifo en otra etapa visto desde un nuevo orden, desde un nuevo automodelo, puede ser descubierto y transformarse en dinámico (1977:40).
El ‘metamecanismo’ no sólo nos ofrece un determinado canon del estado sincrónico de la cultura, sino que nos da su propia versión del proceso diacrónico, eliminando en el metanivel no sólo la variedad, sino también las diferentes velocidades de los subsistemas que componen una determinada cultura. Esta capacidad de inventar la memoria retrospectivamente evidenciaría un mecanismo de construcción totalmente diferente al de la inteligencia artificial: la memoria se convierte así, gracias a los metamodelos, a la autodescripción de la experiencia pasada, en un mecanismo de modelización activo.
Para Lotman la aparente imposibilidad de traducir de una lengua a otra ha tenido un resultado muy positivo. Si tenemos en cuenta que cuando la relación entre dos lenguas resulta efectivamente imposible, se produce una disolución de la personalidad cultural en un determinado nivel, que semióticamente, y algunas veces también físicamente, deja de existir.
Para evitar este peligro los mecanismos de integración funcionan siempre en toda traducción. Estos mecanismos son de dos tipos. En primer lugar estaría el metalenguaje. Cuando se describen dos lenguas diferentes como si fuese una sola, se obliga a considerar todo el sistema, desde un punto de vista subjetivo, como una unidad. La metadescripción supone siempre una unidad (1978:53). Y en segundo lugar se puede producir una criollización de las dos lenguas.
El aumento de la especificidad semiótica, que se advierte como una tendencia en la historia de la cultura, es un estímulo para la integración de cada una de las lenguas en una sola cultura. En ese proceso los metalenguajes y los automodelos desempeñarán una función primordial, destinada tanto a la superación de la intraducibilidad, como a la unificación de la cultura.
Estudiar desde la ‘periferia’, desde la ‘inexistencia’ o desde la ‘incorrección’, esos automodelos de descripción cultural y situarlos funcionando en paralelo, pero en distinto nivel, a los textos de una cultura, puede ayudarnos a explicar la historia de la cultura sub especie semioticae. Este es uno de los logros de J.M. Lotman tendente a fundamentar esa tarea investigadora que emplazaba para el futuro en unos de sus textos iniciales y que según S. Serrano pertenecerá al nuevo siglo. Un nuevo siglo que ya está aquí.
Referencias bibliográficas
Lotman, J.M. (1967). «El problema de una tipología de la cultura». En VVAA (1972).
------ (1970a). «Cultura e informazione». En J. Lotman (1987).
------ (1970b). «Cultura e lingua». En J. Lotman (1987).
------ (1971). «La cultura e il suo ‘insegnamento’ come caratteristica tipologica». En J. Lotman (1987).
------ (1974). «Un modelo dinámico del sistema semiótico». En J. Lotman y Escuela de Tartu (1979).
------ (1977). «La cultura come intelletto collettivo e i problemi dell'intelligenza artificiale». En J. Lotman (1980).
------ (1978). «Il fenomeno della cultura». En J. Lotman (1980).
------ (1980) .Testo e contesto. Semiótica dell’arte e della cultura. Bari: Laterza.
------ (1987). Tipologia della cultura (ed. R. Faccani e M. Marzaduri). Milano: Bompiani.
Lotman, J. M. y Uspenskij, B. (1971). «Sobre el mecanismo semiótico de la cultura». En Lotman, J.M. y Escuela de Tartu (1979).
------ (1975). Semiótica e Cultura. Milano: Ricciardi Ed.
Lotman, J.M. y Escuela de Tartu (1979). Semiótica de la Cultura. Madrid: Cátedra.
VV. AA. (1972). Los sistemas de signos. Teoría y práctica del estructuralismo soviético. Madrid: A. Corazón.

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